El jueves por la noche, Calamaro se cubrió de gloria en el programa de Buenafuente en una desesperada defensa de los toros, hecha sin otro objetivo que ser noticia al día siguiente en plena campaña de promoción de su nuevo disco, que, por otro lado, después de ver decepcionado como el cantautor se ha convertido en una farsa de sí mismo sin ninguna gracia, recibirá mi total indiferencia.
Todo empezó porque su paisano Leonardo Anselmi estaba recogiendo firmas para la abolición de la fiesta nacional en Catalunya, lo que a Andrés le pareció una ofensa y no dudó en ridiculizar y menospreciar a los abolicionistas y a los animales.
Lo mejor fue su falaz argumento para defender la violencia animal, preguntándose si los que quieren abolir los toros van a comprar carne pidiendo un certificado de que el animal no ha sufrido durante su muerte. Realmente no sé si habrá sufrido o no, pero no me cabe duda que no tanto como en la plaza y seguro que ningún sádico disfrutó viendo como se desangraba mientras fumaba un puro.
No sé si habéis visto Saw pero propongo que en la próxima edición, el malo se vista de matador y vaya matando poco a poco a las víctimas a banderillazos para acabar clavándoles una espada en el corazón. Desgraciadamente una persona no es tan tenaz como un toro así que pronto se tumbaría en el suelo a suplicar que cesara la tortura.
Los romanos tenían el circo, donde miles de personas iban a ver como unos pobres diablos se batían con bestias feroces en una lucha sin cuartel en las que llevaban las de perder en muchos casos. ¿Y qué diferencia eso de los toros? Pues bien poco. Ahora el matador ya no está en inferioridad de condiciones como en aquellos tiempos porque no es práctico ni decoroso que muera gente en cada corrida. Y por si no tiene bastante con la espada, unos secuaces que van puteando al toro a cada rato con pinchos de colores. El toro tiene siempre las de perder, se mire como se mire, aunque los toros también tienen sus héroes como Avispado o Islero.
Así pues para mí, por mucha plasticidad y arte que puedan tener las corridas, no dejan de ser un espectáculo dantesco. Los toros representan el anacronismo y la brutalidad de un pueblo incapaz de actualizar sus señas de identidad y nos recuerdan que, por mucho que pasen los años, Spain is still different.








